La motivación como causa

No se trata de tener ánimo, sino de conocer la causa.

Quizá resulta obvio decir que para que un equipo, una organización, un sistema… funcione bien, es necesario trabajar las motivaciones de los individuos que lo componen, no obstante no se trata únicamente de esto.

Realmente, no resulta una tarea sencilla conocer los porqué o para qué de otra persona, máxime si ésta, en un momento dado ni siquiera se reconoce a sí misma estas causas que son la fuente de su comportamiento.

¿Conoces a muchas personas que admitan y acepten que han actuado de una determinada manera para protegerse o para no ser evaluado de manera negativa? Quizá no tantas, pues muchas de nuestras motivaciones, son negadas, ocultadas, eludidas sistemáticamente incluso para nosotros mismos.

A veces también estas motivaciones pueden interferirse unas con otras, chocar, entrar en conflicto dentro de nosotros o a la hora de relacionarnos, con lo cual, inciden claramente en nuestro hacer colaborativo para con el grupo. En ocasiones requerimos “ser mirados” o ser protagonistas (como seres sociales que somos) en un tiempo y espacio donde otro posee la misma motivación, otras veces queremos adquirir un poder que otro también anhela, o estamos tratando de reducir riesgos y adquirir seguridad cuando un cercano e influyente en nosotros aboga por una fuerte innovación en el mismo ámbito.

Este baile de motivaciones, acuerdos, encuentros, desencuentros, alianzas, rupturas… afecta a la identidad personal (es un “miedoso”, o “no tiene criterio”), a la pertenencia (“¿te subes al carro”?) , a las relaciones (“no me llevo bien con… porque nunca estamos de acuerdo”)… y sustentan el tejido relacional que tiene lugar entre las personas.

Investigar sobre las motivaciones propias y las de los otros, es una fuente de riqueza para el éxito.

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