Yo confío, tú confías, él confía…

¿Qué pasa cuando confías?

En cualquier relación con otro y otros, ya sea amistad, asociación, empresa, país… es decir, en cualquier situación donde juegue la inteligencia colectiva, la base del buen convivir, es la confianza.

¿Qué nos da la confianza? Nos aporta seguridad. Esa gran y vital sensación que Abraham Maslow valoraba ya en su pirámide.

Para funcionar como organización, equipo… necesitamos confiar en el otro, en sus respuestas, en sus actos y, por supuesto, en sus palabras. Confío en ti, por eso actúo de esta manera. La confianza influye en nuestros actos. Las palabras definen quiénes somos dentro del grupo, y las palabras son promesas pues, a través de ellas, nos comprometemos.

Nos comprometemos a sostener, a liderar, a obedecer, a coordinar, a salir, a entrar, a hacer una tarea… y los otros esperan eso mismo de nosotros, aquello a lo que nos comprometemos.

Esta confianza nace de la reciprocidad. Las relaciones humanas se basan en ella en muchas ocasiones. Casos especiales son las relaciones de padres e hijos donde los primeros no suelen esperar igualdad de los segundos y los segundos no alcanzan a devolver a los primeros la vida regalada.

Por lo demás, lo mismo en una pareja que en un equipo de trabajo, la reciprocidad se convierte en la base primaria de la confianza. Si alguna de las partes percibe que no existe tal, la confianza se verá dañada y con ella el funcionamiento de la organización.

Si miramos “con lupa” algún trocito de estos movimientos, seguro que observamos algo nuevo, alguna nueva información con la que no contábamos.

¿Te atreves?